Soy un estadounidense que llegó a Colombia hace siete años y nunca se fue.
No porque tuviera que quedarme. Porque elegí quedarme. Aquí pasó algo que no esperaba y que me tomó mucho tiempo poder explicar: me enamoré. De la gente. De la cultura. De la calidez que vive en este país y que ninguna estadística ni ningún titular ha podido capturar. De mi hija Mía, que nació aquí en Medellín, que es colombiana, y que va a crecer llamando hogar a esta ciudad igual que hoy la llamo yo.
Cuando uno se convierte en padre, el mundo se vuelve más pequeño y más grande al mismo tiempo. Más pequeño, porque de repente hay una sola persona cuya vida importa más que cualquier idea abstracta. Más grande, porque uno empieza a ver distinto a cada niño: el de la esquina, el de cada barrio, cada niña que es la Mía de alguien más.
Fue entonces cuando lo que había cargado durante veinte años dejó de ser un sueño y se convirtió en un llamado.
Llevo más de quince años en servicios financieros. Sé cómo se mueve el dinero. Cada vez que un negocio pequeño pasa una tarjeta, unos centavos fluyen por una red de procesamiento. Los he visto acumularse en márgenes y residuales, incluyendo los míos.
Durante mucho tiempo asumí que las cosas simplemente funcionaban así. Pero en el día a día, había una pregunta que no me dejaba en paz: ¿y si pudiéramos redirigir ese flujo hacia otro lado?
No hablo de las comisiones de los agentes; ellos se ganaron cada centavo. Tampoco del dinero del comerciante. Hablo de nuestra porción. El margen de la empresa. ¿Y si, en lugar de quedarnos con todo, firmáramos un compromiso real y permanente para entregarle una parte a la gente que más lo necesita?
Colombia me dio las dos cosas: la claridad y el valor.
He visto a Medellín transformarse por la pura determinación de su gente. Construyó cables aéreos hacia comunidades en las laderas que nadie más creyó que valía la pena conectar. Convirtió sus calles más duras en bibliotecas y parques. No porque el gobierno lo arreglara: porque la gente se negó a rendirse consigo misma.
También he visto las brechas. Fundaciones que hacen un trabajo extraordinario con casi nada. Programas que ayudan a gente real y se quedan sin plata. Organizaciones lideradas por personas de fe genuina y competencia genuina que pasan la mitad de su tiempo escribiendo solicitudes de subsidios en lugar de servir.
Esa brecha, entre el trabajo que se hace y los recursos para sostenerlo, es la que TheGiveback existe para cerrar.
Colombia no solo me dio una hija; me dio una comunidad. Hace seis años ayudé a cofundar The 12 Medellín, un grupo de empresarios cristianos que nos reunimos cada semana para algo que suena simple, pero que lo cambia todo: ayudarnos a liderar mejor, vivir con integridad y generar un impacto real en esta ciudad.
El nombre tiene una razón de ser. Jesús no construyó su movimiento a través de instituciones; eligió a doce personas, caminó con ellas, las desafió y les confió algo mucho más grande que ellas mismas. The 12 Medellín se basa en esa misma convicción: la transformación real ocurre a través de las personas, no de los programas. Cada semana nos sentamos a hablar de lo que significa dirigir una empresa como seguidor de Cristo en Medellín. Sin rodeos teóricos, yendo directo a la práctica.
TheGiveback nació en esa mesa. No surgió como un frío plan de negocios, sino como una convicción compartida durante años por personas que creemos que los negocios y el propósito de vida no van por caminos separados.
También soy miembro de Entrepreneur House, una red privada de fundadores que han levantado empresas reales a gran escala. Durante años me he sentado con algunos de los empresarios más brillantes de América Latina, y en cada una de esas conversaciones siempre late la misma inquietud de fondo: ¿qué significa construir algo que deje una huella de verdad?
Son dos espacios que exigen dos tipos de responsabilidad muy claros. El primero te cuestiona: ¿Estás construyendo con integridad ante Dios? El segundo te exige: ¿Estás construyendo con el rigor técnico que este mercado merece? TheGiveback es mi respuesta a ambas preguntas, unificadas en un mismo negocio, mes a mes.
No soy ningún héroe. Soy un empresario con quince años de experiencia en servicios financieros que llegó a Colombia hace siete años; me enamoré de este país y me transformó. También soy padre: tengo una hija llamada Mia que merece crecer en un país que avance con el tiempo, no que retroceda.
Mi fe en Jesucristo es la raíz de todo esto. No lo digo como un eslogan, sino como la verdadera razón de ser de este proyecto. Ya esperé demasiado para comprometerme por completo con esa fe. El momento es ahora, con lo que tengo a la mano y a través de lo que todos hacemos a diario: los negocios. La única diferencia es que ahora, en lugar de quedarme con toda la ganancia, una parte real se destina a generar un cambio.
He estado en salas con algunos de los empresarios más exitosos del mundo. Detrás de la estrategia y las métricas, casi siempre late la misma pregunta de fondo: ¿qué gano yo? Es el sistema operativo de los negocios modernos. Entiendo ese mundo; construí una empresa dentro de él y no vine a juzgarlo.
Pero me tomó cuarenta y tantos años de vida, y siete de ellos en Colombia, aprender algo que hoy creo con la mayor certeza de la que soy capaz: la fuerza más poderosa en la vida de una persona no es lo que acumula, sino lo que es capaz de soltar.
Existe una forma de dar que, en el fondo, sigue siendo la misma pregunta de siempre pero disfrazada: la deducción de impuestos o el punto extra en reputación. Nada de eso está mal, pero tampoco es de lo que hablo aquí. Hablo de dar simplemente porque la necesidad existe y tengo los medios para ayudar. Hablo de una postura que reconoce que lo que tengo, al final del día, no es mío.
Dios multiplica lo que das. No lo escribo como un eslogan; lo escribo como un hombre que lo ha visto pasar en sus propias finanzas y en la vida de quienes lo rodean. Ha ocurrido tantas veces que hace mucho dejé de llamarlo coincidencia.
Por eso TheGiveback funciona como funciona: el pacto sale de nuestro propio margen y a ti no te cuesta nada. Esa decisión de dar es mía, y ya está tomada. La tuya es mucho más simple y te pertenece por completo: elegir con quién procesas tus pagos.
⚠️[PENDIENTE CHRIS: leer la sección 6 completa — es tu voz y tú tienes la última palabra]
A la gente y a los niños de Colombia; a las fundaciones que hacen el trabajo que nadie ve; a la diáspora que nunca dejó de amar su hogar; y a Mia, que le dio sentido a todo esto.
Esta es mi pequeña diferencia. Espero que se convierta en una grande.
Fundador de DataOne y TheGiveback.org
Medellín, Colombia · Siete años y contando.